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Mes 126: QUEENSRYCHE - Operation: Mindcrime

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Es frecuente que a lo largo de nuestra travesía como aficionados a la música vayan apareciendo obras que se conviertan en hitos en el camino que van configurando de forma determinante nuestra concepción global como oyentes. En mi caso particular, uno de esos discos indispensables es el que ocupa esta reseña. Más allá de la dificultad que me representa ser completamente objetivo sobre algo que tiene tantas connotaciones personales, creo que es innegable añadir que “Operation: mindcrime” , aparte de representar la cumbre creativa de Queensrÿche, es uno de los discos más influyentes del metal de los 80, y una referencia obligada en buena parte de los que se empezó a llamar metal progresivo en los 90, desde Concepcion, pasando por Shadow Gallery, a Vanden Plas. Todo ello a pesar de que, en un sentido estricto, Queensrÿche nunca han sido progresivos, aunque formaron parte de esa serie de precursores en la que se cimentó el género, como Fates Warning o Watchtower, antes de la aparición de Dream Theater en 1989.

En sus inicios, sobre todo en su primer EP, Queensrÿche se encuadraba dentro de la legión de imitadores de la New Wave of British Heavy Metal en general, y de Iron Maiden en particular, que apareció a principios de los 80. Sin embargo, en sus dos siguientes álbumes, The Warning y Rage for Order, iniciaron una evolución que, sin apartarles del nicho “heavymetalero”, fueron incorporando elementos no tan habituales en aquella época, como letras más profundas y cuidadas, con abundantes referencias políticas y sociales, así como arreglos elegantes y sofisticados, que aun sin llegar a la complejidad y el desparrame técnico que se ha convertido casi en obligación en el metal progresivo, mostraba a unos excelentes músicos tocando por y para las canciones con una imaginativa base rítmica de Scott Rockenfield y Eddie Jackson sobre la cual el talento de Chris De Garmo y Michael Wilton, a falta de exuberancia digital, derrocha creatividad tanto en riffs como en melodías de guitarra. Como buenos discípulos de Maiden en sus orígenes sacan petróleo de las armonías a dos guitarras. Por último, un cantante excepcional, Geoff Tate, que lo tiene todo. Además de un registro vocal muy amplio es capaz de aportar una variedad de emociones y matices inacabable, algo que fue desarrollando a medida que su madurez como vocalista se acrecentaba disco a disco. Como curiosidad, a finales de los 80 se comparó habitualmente a Geoff Tate con Michael Kiske, que por aquel entonces tenía a todos encandilados después de los maravillosos Keepers of the Seven Keys. Contemplado ahora con perspectiva creo que, si bien sus voces tienen un color parecido, la forma en que ambos la han usado a lo largo de su carrera ha sido bastante distinta, y que los parecidos no van más allá de los caprichos de la madre naturaleza.

Todos estos elementos que he mencionado explotan en 1988 con la edición de “Operation Mindcrime”. De entrada, se embarcan en una obra conceptual , en la línea de “Tommy” o “The Wall”. Este hecho tuvo bastante trascendencia en el mundillo, hasta el punto de que el propio Bruce Dickinson comentaría en una entrevista en la Metal Hammer un tiempo después que la idea de que “The seventh son of a seventh son” fuese un disco conceptual vino influida por su escucha de “Operation: Mindcrime” y la impresión que le causó. Tampoco parece casual la proliferación de discos conceptuales en el heavy metal (un género hasta entonces no muy dado a ello) en los años siguientes: “Streets” de Savatage, “The Crimson Idol” de W.A.S.P, etc.

El formato conceptual, por otra parte, les permite dar rienda suelta a todas sus obsesiones político-sociales a través de una oscura historia sobre un drogadicto transformado en asesino por un misterioso doctor con intereses poco claros. Esta excusa les permite a lo largo de casi una hora reflexionar sobre la manipulación mental, el control de las masas, la religión o la América post-Reagan. Y para ello escriben una colección de temas fabulosos, que consiguen algo tan difícil como funcionar como obra conjunta y coherente tanto como por separado. Singles como “ Eyes of a stranger” o “I don´t believe in love” (cuyos videoclips aparecían con frecuencia en la MTV por aquel entonces) funcionan de maravilla por si solos, con estribillos de innegable gancho melódico sin que por ello pierdan elegancia, intensidad ni profundidad. También funcionan a la perfección himnos tan tremendos como “Revolution calling”, uno de los temas más rápidos de un disco que tiende más hacia los medios tiempos, “The Needle Lies” o “Breaking the Silence”. No faltan interludios instrumentales como “Anarchy-x” o “Electric Requiem” que más alla de facilitar la continuidad de la historia preceden sus puntos álgidos, e incluso una suite de 10 minutos con estribillo en latín, donde la evolución no se busca por medio de cambios de ritmo o de secciones sino más bien aumentando la intensidad emocional de la historia.

Después de esto, Queensrÿche editaría otra obra maestra “Empire”, donde continuarían con sus inquietudes sobre el neo liberalismo post reaganiano o la venta de armas y a continuación el tan brillante como incomprendido “Promised Land”, un disco mucho más introspectivo y quizás por ello también más hermético. La poca repercusión de éste último les llevo a una larga exploración en búsqueda de un nuevo sónido, en la que se fue quedando gente por el camino, como De Garmo, hasta la triste ruptura traumática entre Geoff Tate y el resto de sus compañeros, de manera muy poco amigable. A pesar de todo, como decía aquel “Siempre nos quedará Operation: Mindcrime”.

Comentario por Oscar García del Pomar

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