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The Heat of a Dying Sun
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Mes 74: EAGLES - Hotel California

Portada del Disco

Si tengo que hablar de los Eagles cualquier ejercicio de objetividad se va inmediatamente al garete de forma innegablemente voluntaria. Supongo que es algo que nos pasa a todos cuando se nos toca alguno de esos elementos que se fundieron con nuestra propia esencia desde el mismo momento de su descubrimiento. En el caso del disco Hotel California, esa subjetividad se multiplica por mil hasta el punto en que dejo de ser un mero fan para convertirme en un cruzado y amantísimo defensor de ese Santo Grial que supuso la música para mí.

Hablando propiamente del disco habría que empezar diciendo que estamos ante una de las cinco intros más famosas de la historia: Tocata y fuga en Re menor de Bach, 5ª Sinfonía de Bethoven, Bohemian Rapsody de Queen, Stairway to Heaven de Zeppelin y Hotel California. Todo humano sobre la tierra o fuera de ella reconoce e identifica al instante los primeros acordes de estas obras. No he descubierto nada, ya lo sé, pero es obligado poner las cosas en su sitio.

Analizar el por qué de ese sublime momento de inspiración sería, cuando menos, complicado y farragoso para el que no esté familiarizado con los “palabros” propios de la armonía musical. Si nos atenemos además al hecho de que la Musa está presente al cien por cien en el resto del disco, el análisis técnico podría resultar aburridísimo e insufriblemente largo. No tendrá lugar así que no hay que alarmarse. Me ceñiré solo a los términos que manejo, que hablan de atmósferas y, si acaso, un poco de historia. Empezamos:

En 1976 los Eagles ya habían conseguido el estatus de banda de referencia en Estados Unidos. Con sus anteriores cuatro discos habían plagado las radios con éxitos que llegarían, con el tiempo, al grado de clásicos. Take It Easy, Desperado o Lyin’ Eyes eran a esas alturas canciones de cabecera de millones de jóvenes más o menos afines al Southern Rock, que era por donde se manejaba el grupo en sus comienzos. Lógico por otra parte si tenemos en cuenta que Don Henley y Glenn Frey venían de ser parte de la banda de la inconmensurable (por razones de talento y otras más carnales) Linda Ronstad. Habían sufrido ya su primera baja; la del guitarrista principal Bernie Ladon, al que las nuevas inclinaciones del grupo hacia el Rock, dejando lo “southern” un poco más de lado, no acababan de agradarle. Para entonces, cada cosa que hacían estaba en el punto de mira de la prensa musical y, por ende, de sus fans. Por supuesto su próximo disco era lo que más preocupaba a todo el mundo y ellos estaban al tanto de que un paso en falso sería la diferencia entre convertirse en una súper banda o de comenzar a asumir un posible declive.
Las cosas en la Primera División del mercado musical funcionan de esa forma. O blanco o negro. O acabamos en la gloria o bajamos de categoría. No hay término medio ni lugar para las medias tintas. Claramente los primeros en ser conscientes de la situación eran los propios Eagles. Por lo pronto habían reforzado sus filas con el fichaje de Joe Walsh lo cual les convertiría en el combo perfecto. Con esa pesada premisa de -no cagarla- y hacer un trabajo que les situara en el trono que llevaban cuatro años tratando de conquistar entraron en el estudio para componer y registrar la obra que, hoy en día, es su disco más conocido y reconocido.

Nadie imaginaba, no sé siquiera si ellos mismos, lo que representaría el resultado de aquellas sesiones de grabación para el grupo, el mercado y la música Americana. La primera regla que se rompió con su edición fue la de incluir un single de más de seis minutos que acababa con un solo de guitarra interminable en lugar de hacerlo con el prototípico y rentable ensalzamiento del estribillo. No dudaron, no transigieron a las normas de la industria y la historia les dio la razón. No solo eso sino que dieron luz a una de las canciones más emitidas por todas las estaciones de radio del mundo.

Era imposible no caer rendido ante todos los colores que se iban creando y superponiendo a medida que todas esas guitarras (al menos cinco) iban desarrollando los acordes de Hotel California. Y es que si hay algo insoslayable en la música moderna es lo afortunado del encuentro entre Joe Walsh y Don Felder como guitarristas al servicio de las composiciones de Glenn Frey y Don Henley. La voz de este último también sería determinante en el carácter dramático de la canción así como su ambigua letra que, para algunos hoy, sigue siendo un delicioso enigma.
Sin embargo, cualquiera que haya tenido esta obra maestra en sus manos y en sus oídos podrá dar cuenta de que los Eagles no son sólo Hotel California como canción. Los fragmentos en los que se divide el disco son, cada cual en sí mismos, un soberbio y suculento alarde de composición. El melodramático paisaje Country de New Kid In Town. Las energías del riff de Life in The Fast Lane. El carisma y calidad cromática de Wasted Time con su reprise orquestal. Victim Of Love, tan solvente e indicada para abrir la cara B. La quietud con la que Walsh canta su Pretty Maids All In A Row. Envolvente como la brisa en el desierto de Arizona la textura de la voz de Randy Meisner en Try And Love Again. Y para acabar igual de bien que se empezó; el tierno y épico homenaje a la conquista del oeste titulado The Last Resort.

Las cosas nunca son porque sí. Al menos en el mundo de la creación y mucho menos cuando esa creación ha de ser expuesta a juicio ante el gran jurado de la industria musical. Por si fuera poco todavía queda la comparecencia ante el tribunal más supremo de todos; los fans. Que si bien son, como su propia definición indica, fans también son exigentes a la par que volubles y eso les hace, en sus decisiones y sentencias, implacables. Así que si Hotel California, como canción o como disco, ha llegado indemne hasta 2013 (¡treinta y siete años!) puedo decir sin temor a equivocarme que es por culpa de su propia grandeza. Tiene que haber algo mágico y hermoso en esta obra si ha sobrevivido a una sociedad como la nuestra que se rige por lo inmediato y que no tiene miedo a dejarse enterrar cada día más por lo insustancial. Lo mejor de todo es que entonces, algo de esa magia y hermosura, quizá también esté en nosotros.

Hotel California 1976;
Don Henley - Batería y Voz
Glenn Frey - Guitarra, piano y Voz
Randy Meisner - Bajo y Voz
Don Felder - Guitarra
Joe Walsh - Guitarra, órgano y Voz

Comentario por Phil Grijuela

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